El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Probablemente se hiciera presbiteriana si se casara con el pastor —replicó Susan.
La señorita Cornelia negó con la cabeza. Evidentemente, con ella la cuestión era: metodista una vez, metodista para siempre.
—Sarah Kirk está definitivamente fuera de consideración —declaró, muy convencida—. Al igual que Emmeline Drew, aunque los Drew están tratando de relacionarlos. Literalmente le están poniendo a la pobre Emmeline delante de los ojos, y él ni cuenta se da.
—Emmeline Drew no tiene bríos, eso lo reconozco —dijo Susan—. Es el tipo de mujer, mi querida señora, capaz de ponerte la bolsa de agua caliente en la cama en una noche de perros y después ofenderse porque no se lo agradeces. Y la madre era muy mala ama de casa. ¿Nunca ha oído la anécdota del trapo de secar los platos? Un día lo perdió. Pero al día siguiente lo encontró. Ah, sí, mi querida señora, lo encontró… en el ganso a la hora de la comida, mezclado con el relleno. ¿A usted le parece que una mujer así serviría de suegra de un pastor? Yo creo que no. Pero no hay duda de que tendría que estar remendándole los pantalones al pequeño Jem en lugar de chismorrear sobre mis vecinos. Se los rasgó de arriba abajo anoche en el Valle del Arco Iris.
—¿Dónde está Walter? —preguntó Ana.