Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva —Entonces —replicó Emily, nada consolada y nada sentimental—, no me extraña que se escapara con mi padre cuando creció.
La tÃa Elizabeth terminó de abotonar el delantal y le dio a Emily un empujoncito no muy cariñoso para apartarla de sÃ.
—Ponte la cofia —le ordenó.
—Ay, por favor, tÃa Elizabeth, no me hagas usar esa cosa tan horrible.
Sin desperdiciar más palabras, la tÃa Elizabeth cogió la cofia y se la ató a Emily a la cabeza. Emily tuvo que rendirse. No obstante de las profundidades de la cofia surgió una voz desafiante, si bien trémula.
«Al menos, tÃa Elizabeth, no puedes darle órdenes a Dios», decÃa.
En todo el camino hasta la escuela, la tÃa Elizabeth estaba demasiado enfadada para hablar. Le presentó a Emily a la señorita Brownell y se fue. La clase ya habÃa empezado, de modo que Emily colgó la cofia en un perchero en el porche y fue hacia el pupitre que le asignó la señorita Brownell. Ya habÃa decidido que la maestra no le gustaba y no le gustarÃa nunca.