Emily la de Luna Nueva

Emily la de Luna Nueva

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—¡Señorita Orgullito! ¡Señorita Orgullito!

Emily miró a la otra niña. Sus ojos grandes, firmes y de un purpura grisáceo se encontraron con unos ojos redondos, parpadeantes, negros que se clavaron sin amilanarse; había algo en ellos que intimidaba e impresionaba. Los ojos negros parpadearon mientras su dueña cubría la retirada con otra risita y una sacudida de la trenza corta.

«A ésta puedo dominarla», pensó Emily, con sensación de triunfo.

Pero la unión hace la fuerza y al mediodía Emily se encontró sola en el patio de juegos frente a una multitud de caras poco amistosas. Los niños pueden ser las criaturas más crueles del mundo. Tienden a prejuzgar al forastero y son despiadados. Emily era una forastera y una de los orgullosos Murray: dos puntos en su contra. Y había en ella, a pesar de ser pequeña y de llevar delantal y cofia de algodón, una cierta reserva, una dignidad y un refinamiento los demás percibían. Y los miraba con expresión desdeñosa bajo los cabellos negros, en lugar de comportarse con timidez y vergüenza, como corresponde a una intrusa a prueba.

—Eres orgullosa —dijo Ojos negros—. Ay, caramba, aunque lleves botas con botones vives de la caridad.


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