Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva La tía Elizabeth no respondió, sino que se sentó, altiva, a la mesa de la cena. Emily fue a la despensa a comer su pan con leche, consolándose con el olor de las deliciosas salchichas que comían los otros. A Emily le gustaban las salchichas, y las la de Luna Nueva eran lo mejor en salchichas. Elizabeth Burnley había traído la receta de Inglaterra y su secreto había sido cuidadosamente guardado. Y Emily tenía hambre. Pero había escapado de lo insoportable; las cosas podrían haber sido peores. De pronto se le ocurrió que escribiría un poema épico a imitación de El cantar del último juglar. El primo Jimmy se lo había leído el sábado anterior. Comenzaría el primer canto en seguida. Cuando Laura Murray entró en la despensa, Emily estaba, con el pan y la leche sin terminar y los codos apoyados en el armario, mirando hacia la nada, moviendo apenas los labios y con una luz en los ojos que nunca había existido en la tierra ni en el mar. Incluso había olvidado el aroma de las salchicha. ¿Acaso no estaba bebiendo de la fuente de Castalia?
—Emily —dijo la tía Laura, cerrando la puerta y mirando amorosamente a Emily con sus bondadosos ojos azules—, a mí puedes contarme lo que quieras. La señorita Brownell no me gusta y no creo que no te falte razón, aunque está claro que no deberías escribir poesía cuando tienes que hacer cuentas. Y en esa caja hay unas galletitas de jengibre.