Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Después del almuerzo Ilse y yo nos fuimos a jugar a la cocina y el primo Jimmy nos ayudó a hacer caramelo. La cena era abundante pero como el almuerzo había sido tan copioso, nadie pudo comer mucho. A la tía Eva le dolía la cabeza y la tía Ruth dijo que no entendía por qué Elizabeth hacía las salchichas tan pesadas. Pero los demás estaban de buen humor y la tía Laura consiguió que la velada fuera muy agradable. Es estupenda para hacer que todo sea agradable. Y cuando todo hubo terminado el tío Wallace dijo (otra de las tradiziones Murray): «Pensemos un momento en aquellos que se han ido». Me gustó cómo lo dijo, solemne y dulcemente. Fue uno de esos momentos en los que me alegro de que la sangre Murray corra por mis venas. Y yo pensé en ti, papá querido, en el pobrecito Mike, en la tata-ra-tatarabuela Murray, en mi viejo cuaderno, el que la tía Elizabeth me quemó, porque para mí era como una persona. Y después todos nos dimos la mano y cantamos For Auld Lang Syne antes de que se fueran a sus casas. Ya no me sentí como una extraña entre los Murray. La tía Laura y yo nos quedamos en el porche observándolos cuando se iban. La tía Laura me pasó el brazo por los hombros y me dijo: «Tu madre y yo siempre nos quedábamos aquí, Emily, hace mucho tiempo, para ver cómo se iban los invitados que habían venido a pasar la Navidad». La nieve crujía y las campanas repicaron entre los árboles y el tejado helado de la pocilga resplandecía a la luz de la luna. Y todo era tan hermoso (las campanas, la helada y la gran noche blanca y reluciente) que me vino «el destello» y eso fue lo mejor de todo.