Emily la de Luna Nueva

Emily la de Luna Nueva

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A pesar de los esfuerzos de Emily por contenerlas, las lágrimas la ahogaron. Estaba tan alterada que no pudo evitar llorar. Lo único que le faltaba era un ataque de histeria.

La tía Nancy miró a Caroline y Caroline miró a la tía Nancy.

—Tendríamos que habérselo dicho, Caroline. Es culpa nuestra. Lo olvidé por completo, hace tanto que nadie duerme en el cuarto tosa… Con razón se asustó. Emily, pobrecita querida, es una vergüenza. Me tendría bien merecido que me pusieran la cabeza en una bandeja. Tendríamos que habértelo dicho.

—¿Haberme dicho… qué?

—Hay golondrinas en la chimenea. Eso es lo que oíste. La gran chimenea central sube justo por la pared detrás de tu cama. No se usa nunca desde que pusimos chimeneas nuevas. Las golondrinas han anidado allí, son cientos. Y es cierto que hacen un ruido sobrecogedor, aletean todo el tiempo, y se pelean.

Emily se sintió tonta y avergonzada, excesivamente avergonzada, pues su experiencia había sido en realidad muy dura, y personas mayores que ella se habían asustado por la noche en el cuarto rosa de Wyther Grange. En algunas ocasiones, Nancy Priest había alojado en aquella habitación a ciertas personas con el expreso propósito de asustarlas. Pero, para hacerle justicia, realmente lo había olvidado en el caso de Emily y lo lamentaba.


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