Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva En él había también un gran sentido del humor, un humor fino, sorprendente. Le contaba chistes, la hacía reír. Le contaba extrañas historias antiguas de dioses olvidados que eran muy hermosos, de festivales en la corte y de bodas de reyes. Parecía tener la historia del mundo entero en la punta de los dedos. Describía las cosas con frases inolvidables mientras caminaban por la costa de la bahía o se sentaban en el viejo jardín descuidado y umbrío de Wyther Grange. Cuando él le hablaba de Atenas como «la ciudad de la Corona Violeta», Emily se daba cuenta, una vez más, de la magia que surge al hacer una correcta combinación de palabras; le encantaba pensar en Roma como «la ciudad de las Siete Colinas». Dean había estado en Roma y en Atenas, y casi en todas partes.
—No sabía que alguien, fuera de los libros, pudiera hablar como tú —le dijo ella.
Dean rió, con la amargura que tan a menudo estaba presente en su risa, aunque era mucho menos frecuente con Emily que con otras personas. Era, en realidad, con la risa con lo Dean se había ganado su fama de cinismo. Con frecuencia la gente pensaba que se reía de ella y no con ella.
—Casi toda mi vida mis compañeros han sido los libros —dijo él—. ¿Es de extrañar que hable como ellos?