Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva —Estoy segura de que ahora me gustará estudiar historia —terció Emily—, excepto historia del Canadá. Ésa no me va a gustar nada. Es aburridÃsima. No al principio, cuando pertenecÃamos a Francia y habÃa muchas batallas, sino después, cuando no habÃa más que polÃtica.
—Los paÃses felices, como las mujeres felices, no tienen historia —dijo Dean.
—Yo espero tener una historia —exclamó Emily—. Quiero tener una profesión emocionante.
—Todos queremos lo mismo, tontita mÃa. ¿Sabes de lo qué está hecha la historia? De dolor, de vergüenza, de rebeldÃa, de derramamiento de sangre y de sufrimiento. Estrella, pregúntate cuántos corazones sufrieron y se quebraron para hacer esas páginas rojas y púrpuras de la historia que tú encuentras tan emocionantes. El otro dÃa te conté la historia de Leónidas y sus espartanos. TenÃan madres, hermanas y novias. HabrÃa sido preferible que hubieran podido librar una batalla sin derramamiento de sangre, en las urnas; aunque no habrÃa sido tan espectacular.
—No… no puedo estar de acuerdo —dijo Emily, confusa. No tenÃa la suficiente edad para pensar o decir, como dirÃa diez años después: «Los héroes de las Termópilas han sido fuente de inspiración para la humanidad durante siglos. ¿Qué juego alrededor de una urna podrá serlo?».