Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva —Y como todas las criaturas de tu sexo, formas tus opiniones sobre la base de la emoción. Bien, desea una profesión emocionante, pero recuerda que para que haya emoción en tu vida alguien deberá pagarle al flautista la moneda del sufrimiento. Si no eres tú, tendrá que ser otra persona.
—Ah, no, eso no me gustaría.
—Entonces confórmate con menos emociones. ¿Te acuerdas del accidente del acantilado? Eso estuvo a punto de ser una tragedia. ¿Y si yo no te hubiera encontrado?
—Pero me encontraste —exclamó Emily—. A mí me gusta el peligro, una vez pasado —añadió—. Además, si todo el mundo hubiera sido siempre feliz, no habría cosas que leer.
Tweed era el tercero en sus caminatas, y Emily se encariñó mucho con él, sin perder su lealtad hacia la raza gatuna.
—Con una parte de mi mente amo a los gatos, y con la otra a los perros —decía.
—A mí me gustan los gatos, pero nunca he tenido uno —dijo Dean—. Son demasiado exigentes, piden demasiado. Los perros no quieren más que amor, pero los gatos exigen adoración. Nunca superaron la costumbre de ser dioses en Bubastis.