Emily la de Luna Nueva

Emily la de Luna Nueva

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Luego partieron en el coche de asientos dobles y toldo con flecos que siempre usaban los Murray de la Luna Nueva. Emily nunca había viajado en algo tan espléndido. Nunca había viajado mucho. Una o dos veces su padre le había pedido prestado al señor Hubbard su vieja calesa con el poni gris para ir a Charlottetown. La calesa era ruidosa y el poni lento, pero su padre le había hablado durante todo el viaje e hizo del camino una verdadera maravilla.

El primo Jimmy y la tía Elizabeth se sentaron delante, ella muy arrogante con su manto y su cofia de encaje negro. La tía Laura y Emily ocuparon el asiento de atrás, con Saucy Sal en una canasta entre las dos maullando asustada.

Cuando iban por el camino de césped, Emily miró hacia atrás y pensó que la vieja casita marrón en la hondonada tenía un aire desdichado. Habría querido volver corriendo, para consolarla. A pesar de su determinación, se le llenaron los ojos de lágrimas; pero la tía Laura estiró su cálida mano enguantada por encima de la canasta de Saucy Sal y tomó la de Emily, dándole un apretón íntimo y comprensivo.

—Ay, te quiero mucho, tía Laura —susurró Emily.

Y los ojos de la tía Laura eran muy, pero muy azules, y profundos, y bondadosos.


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