Historias de Avonlea

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El lugar adonde íbamos estaba a unas tres millas por el camino de White Sands. Tan pronto la vi, reconocí la casa por su descuidado aspecto. Necesitaba una buena mano de pintura; las persianas estaban rotas y la maleza crecía hasta en la misma puerta. Era bien visible que por allí no andaba ninguna mujer. Sin embargo, era una linda casa, y sus graneros, espléndidos. Mi padre solía decir que cuando los graneros de un hombre eran más grandes que su casa, sus ingresos excedían a sus egresos. De modo que era aceptable que fueran grandes, pero no lo era el que necesitaran pintura y arreglo. Pero, pensé, ¿qué otra cosa se puede esperar de alguien que odia a las mujeres?

—Mas no se puede negar que Alexander Abraham sabe su trabajo de granjero, aunque sea un «odiamujeres» —comenté a William Adolphus cuando descendí del coche y até el caballo.

Había llegado a la casa por detrás y ahora estaba frente a una puerta lateral, que daba a una galería, Pensé que podría ir hasta allí, de manera que tomé a William Adolphus bajo mi brazo y marché por el sendero. Cuando estuve a mitad de camino, un perro apareció corriendo hacia mí. Era el perro más feo que viera jamás, y ni siquiera ladraba; se acercaba callada y rápidamente, con aspecto de hacer concienzudamente las cosas.


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