Historias de Avonlea

Historias de Avonlea

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Nunca me detengo a discutir con un perro que no ladra. Sé cuándo la discreción es la mejor parte del valor. Sosteniendo firmemente a William Adolphus eché a correr, no hacia la puerta, pues el perro se interponía entre ella y yo, sino hacia un cerezo de grandes ramas que estaba en el fondo de la casa. Lo alcancé justo a tiempo. Coloqué a William Adolphus sobre una rama y trepé al bendito árbol sin detenerme a pensar qué le parecería a Alexander Abraham si estuviera mirando.

El momento de reflexionar llegó cuando estuve encaramada en el árbol, con William Adolphus a mi lado. El gato estaba bastante tranquilo. No puedo decir lo mismo respecto a mí. Por el contrario, admito que me sentía considerablemente turbada.

El perro estaba sentado al pie del árbol y se podía ver, por su aspecto descansado, que ése no era su día de labor. Enseñaba los dientes y gruñía cada vez que lo miraba.

—Eres el digno perro de un «odiamujeres» —le dije. Quise insultarlo, pero la bestia lo tomó por un cumplido.

Entonces me dediqué a resolver el problema. ¿Cómo salir de este atolladero?

No parecía muy fácil encontrarle solución.

—¿Debo gritar, William Adolphus? —le pregunté a mi inteligente criatura. El gato sacudió la cabeza y yo estuve de acuerdo con él.


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