Historias de Avonlea
Historias de Avonlea »No, no gritaré, William Adolphus —dije—. Probablemente, sólo podrá oÃrme Alexander Abraham, y tengo mis dudas respecto a sus tiernas mercedes. Ahora bien, ni pensar en bajar. Entonces, ¿es posible subir, William Adolphus?
Miré hacia arriba. Justo sobre mi cabeza habÃa una ventana abierta, con una rama razonablemente segura cerca.
—¿Probamos, William Adolphus?
El gato, sin perder tiempo, comenzó a trepar. Seguà su ejemplo. El perro caminaba en cÃrculos alrededor del árbol y echaba miradas terribles. Posiblemente le hubiera traÃdo un alivio hablar, de no haber sido cosa tan contra sus principios.
Entré por la ventana con facilidad, y me encontré en un dormitorio en tal estado de desorden y suciedad como no habÃa visto en mi vida. Pero no me detuve a ver detalles. Con William Adolphus bajo el brazo, bajé, rogando no encontrar a nadie en el camino.