Historias de Avonlea

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Así fue. El vestíbulo estaba vacío y polvoriento. Abrí la primera puerta que encontré y entré. Junto a la ventana estaba un hombre que miraba afuera con visible mal humor. Hubiera reconocido en él a Alexander Abraham donde quiera que lo viese. Tenía la misma apariencia descuidada de su casa e, igual que ésta, no hubiera sido tan feo una vez arreglado un poco. Su cabello parecía no haber conocido el peine y sus patillas eran salvajes.

Me miró lleno de sorpresa.

—¿Dónde está Jimmy Spencer? —pregunté—. He venido a verle.

—¿Cómo él la ha dejado entrar? —preguntó el hombre, mirándome fijamente.

—Él no me dejó entrar —respondí—. Me corrió por todo el parque y sólo encaramándome a un árbol pude salvarme de ser hecha pedazos. ¡Debían demandarlo por tener tal perro! ¿Dónde está Jimmy?

En lugar de contestarme, Alexander Abraham comenzó a reírse de la manera menos agradable.

—Es indiscutible que una mujer entra en la casa de un hombre, si se lo propone.

Viendo que tenía intenciones de vejarme, permanecí fría y sosegada.


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