Historias de Avonlea

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—¡Oh, no me interesa mucho entrar en su casa, señor Bennett! —dije con calma—. No me quedó otra elección. Fue eso u otra cosa peor. No era a usted ni a su casa lo que deseaba ver, aunque reconozco que es algo que vale la pena para quien desee conocer cuán sucia puede estar una casa.

»Es a Jimmy a quien busco. Por tercera y última vez. ¿Dónde está Jimmy?

—Jimmy no está aquí —dijo el señor Bennett, ceñudo, aunque no muy seguro—. Se fue la semana pasada a trabajar con alguien en Newbridge.

—En ese caso —dije alzando a William Adolphus, que había estado explorando la habitación con aire desdeñoso—, no le molestaré más. Me retiro.

—Sí, creo que será lo más acertado —dijo Alexander Abraham, esta vez no en forma desagradable, sino reflexiva, como si el asunto fuera algo dudoso—. La haré salir por la puerta trasera. Entonces el… ejem… perro no la molestará. Por favor, váyase pronto y sin ruido.

Pensé si Alexander Abraham creería que yo me iría como un trueno. Pero nada dije, creyendo que era la forma más digna de comportarse, y lo seguí hacia la cocina tan rápida y calladamente como me había pedido. ¡Qué cocina aquélla!


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