Historias de Avonlea

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Alexander Abraham abrió la puerta, que estaba cerrada con llave, al tiempo que entraba en el campo un coche con dos hombres.

—¡Demasiado tarde! —exclamó en tono trágico.

Comprendí que algo terrible debía haber ocurrido, pero no me importó, ya que, como inocentemente creía, aquello no me incumbía. Pasé frente a Alexander Abraham, que parecía tan culpable como si lo hubiesen pescado robando, y me encaré con el hombre que descendía del coche. Era el viejo doctor Blair, de Carmody, y me miraba como si me hubiera encontrado haciendo una ratería.

—Mi querida Peter —dijo gravemente—, siento tanto verla aquí; verdaderamente lo siento mucho.

Admito que me exasperó. Además, ningún hombre en la Tierra tiene derecho a llamarme «mi querida Peter», aunque sea el viejo médico de la familia.

—No hace falta sentirlo tanto, doctor —dije—. Si una mujer de cuarenta y ocho años, miembro concurrente de la Iglesia Presbiteriana, no puede visitar a uno de los alumnos de la Escuela Dominical sin escándalo a ¿qué edad puede hacerlo?

El doctor no contestó mi pregunta. En lugar de ello, miró a Alexander Abraham con reproche.

—Así es como mantiene su palabra, señor Bennett —dijo—. Pensé que no dejaría usted entrar a nadie en la casa.


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