Historias de Avonlea

Historias de Avonlea

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—Muy bien, doctor —dije con calma—. Le adelanto que me vacuné hace un mes, en cuanto llegaron las noticias de viruela. Cuando pase por Avonlea, por favor, pídale a Sarah Pye que vaya a vivir a mi casa durante mi ausencia y que cuide todo, especialmente los gatos. Dígale que les dé leche fresca dos veces al día y una pulgada de manteca por cabeza una vez por semana. Haga que ponga un par de vestidos oscuros, algunos delantales y mudas de ropa interior en la peor valija y que me la envíe. Mi caballo está atado a la cerca; por favor, llévelo de vuelta a la casa. Me parece que eso es todo.

—No, no es todo —dijo Alexander Abraham con un gruñido—. Manden ese gato a casa también. No quiero tenerlo aquí; antes quisiera la viruela.

Contemplé lentamente a Alexander Abraham, con ese modo que tengo, de los pies a la cabeza. Pensé un rato y luego dije en voz baja:

—Puede que tenga a ambos. De todas maneras, tendrá que aguantar a William Adolphus. Está en cuarentena tanto como usted y como yo. ¿Supone usted que dejaré que el gato ande a sus anchas por Avonlea, sembrando gérmenes de viruela entre la gente inocente? Yo tendré que resistir ese perro suyo y usted deberá tolerar a William Adolphus.

Alexander Abraham gruñó, pero pude ver que la forma en que lo miré lo había domesticado considerablemente.


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