Historias de Avonlea
Historias de Avonlea El doctor se fue y yo entré en la casa, prefiriendo eso a seguir viendo las muecas de Thomas Wright. Colgué mi abrigo en el vestÃbulo y dejé mi sombrero cuidadosamente sobre la mesa de la sala, después de haber limpiado un trozo del mueble con mi pañuelo. Ansiaba caer sobre esa casa para limpiarla, pero tuve que esperar a que volviera el doctor con ropa apropiada para ello. No podÃa ponerme a limpiar una casa con mi traje nuevo y mi corpiño de seda.
Alexander Abraham estaba mirándome, sentado en una silla. De pronto dijo:
—No quisiera pecar de curioso, ¿pero podrÃa usted tener la gentileza de decirme por qué el doctor la llamó Peter?
—Supongo que es porque ése es mi nombre —contesté, sacudiendo un almohadón para William Adolphus y, por lo tanto, alzando un polvo de años.
Alexander Abraham tosió gentilmente.
—¿No es… ejem… un nombre algo peculiar para una dama?
—Lo es —contesté calculando cuanto jabón habrÃa en la casa, si es que habÃa algo.
—No quisiera pecar otra vez de curioso —insistió—, pero ¿tendrÃa inconveniente en decirme cómo fue que le pusieron ese nombre?