Historias de Avonlea
Historias de Avonlea —Como esperaban un varón, mis padres pensaban llamarme Peter, en honor de un tÃo rico. Cuando, afortunadamente, resultó que era una niña, mi madre decidió que me llamara Angelina. Me bautizaron con ambos nombres y todos me llamarÃan Angelina, pero tan pronto crecà lo bastante para razonar, decidà que se me llamara Peter. Es bastante malo, pero no tanto como que me digan Angelina.
—Yo dirÃa por el contrario, que es cosa más apropiada —dijo Alexander Abraham, tratando, según percibÃ, de ser desagradable.
—Precisamente —asentà con calma—. Mi apellido es MacPherson y vivo en Avonlea. Y ya que usted no es curioso, ésa será toda la información que necesite sobre mÃ.
—¡Oh! —Alexander Abraham tomó el aspecto de alguien para quien se ha hecho la luz de pronto—. He oÃdo hablar de usted. Usted… bueno… finge que le desagradan los hombres.
¡Fingir! Sólo Dios sabe qué hubiese sido de Alexander Abraham en ese mismo instante de no haberse abierto la puerta para dar paso a un perro: el perro. Supongo que se habrÃa cansado de estar al pie del cerezo, esperando que bajásemos William Adolphus y yo. Adentro era más horripilante que afuera.