Historias de Avonlea

Historias de Avonlea

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—¡Oh, Mr. Riley, Mr. Riley, mire lo que ha dejado usted entrar! —dijo Alexander Abraham en tono de reproche.

Pero Mr. Riley —tal era el nombre del bruto— no le prestó atención alguna. Tuvo la visión de William Adolphus acurrucado sobre el sillón y se dirigió a investigar, cruzando la habitación. El gato se sentó y empezó a darse por enterado.

—Espante ese perro —dije previniendo a Alexander Abraham.

—Espántelo usted —contestó—. Ya que usted trajo ese gato, protéjalo.

—No estaba hablando por bien de William Adolphus. Él puede protegerse solo.

Mi gato podía y lo hizo. Enarcó el espinazo, aplastó las orejas, maulló y saltó sobre Mr. Riley. Aterrizó justo sobre la mosqueada espalda del perro y pronto se aferró, maullando, erizándose y arañando.



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