Historias de Avonlea
Historias de Avonlea —En Avonlea —terminé rápidamente, para evitar que blasfemase—. Yo también, señor Bennett, lo deseo de todo corazón. Pero ya que no es asÃ, tratemos de sacar el mejor partido de ello, como gente sensata. ¡Y en el futuro, me hará usted el bien de recordar que mi nombre es señorita MacPherson y no mujer!
Con esto llegó el fin, cosa que agradecÃ, pues era tal el ruido que hacÃan esos dos animales, que temà que el policÃa, a pesar de la viruela, entrara corriendo a ver si Alexander Abraham y yo estábamos por asesinarnos mutuamente. Mr. Riley terminó de pronto su loca carrera y saltó a un oscuro rincón entre la leñera y la estufa. El gato lo dejó escapar justo a tiempo.
Desde entonces, nunca tuve dificultades con Mr. Riley. Jamás pude hallar un perro más manso. William Adolphus habÃa ganado con todos los honores y mantenÃa su posición de triunfador.
En vista de que los ánimos se habÃan calmado, y ya que eran las diecisiete, decidà tomar té. Dije a Alexander Abraham que lo prepararÃa si se molestaba en decirme dónde estaban las cosas.
—No hace falta —gruñó—. Tengo la costumbre de preparármelo solo desde hace veinte años.