Historias de Avonlea
Historias de Avonlea —Lo supongo. Pero no tiene la costumbre de preparar el mÃo —dije con firmeza—. No comerÃa nada que usted hornease, aunque tuviese que morirme de hambre. Si quiere ocuparse de algo, consiga algún ungüento y cure la espalda de ese pobre perro.
Alexander Abraham dijo algo que prudentemente no escuché. Viendo que no me proporcionarÃa información alguna, hice una expedición exploratoria a la despensa. El lugar era indescriptiblemente horrible y por vez primera sentà en mi pecho una vaga sensación de piedad por aquel hombre. Cuando un hombre debÃa vivir en tal lugar, no era de extrañarse que odiara a las mujeres; tenÃa derecho a odiar a toda la humanidad.
Pero me las arreglé para preparar algo. El pan era de Carmody y pude hacer un buen té con excelentes tostadas. Además, encontré un tarro de duraznos en conserva que, como eran comprados en el pueblo, no tuve miedo en probar.
Ese té con tostadas ablandó a Alexander Abraham a pesar de sà mismo. Comió hasta la última miga y gruñó cuando di a William Adolphus toda la crema que sobró. Mr. Riley no pareció querer nada; habÃa perdido hasta el apetito.