Historias de Avonlea
Historias de Avonlea A esta altura, el muchacho del médico había llegado con mi valija. Alexander Abraham fue lo bastante civilizado para hacerme saber que del otro lado del vestíbulo había una habitación disponible, que yo podía ocupar. Me puse un delantal y fui allí. En la habitación había un lindo juego de muebles y una cama cómoda. ¡Pero el polvo!
William Adolphus me siguió adentro y las marcas de sus patas quedaron sobre el piso.
—Ahora —dije activamente cuando regresé a la cocina—, voy a limpiar todo y empezaré por aquí. Será mejor que se vaya a la sala, señor Bennett, de modo que no moleste.
Alexander Abraham me contempló.
—No estoy dispuesto a que me revuelvan la casa. Así me agrada. Si no le gusta, puede irse.
—No, no puedo, ésa es la lástima —dije con buen tono—. Si pudiera hacerlo, no me quedaría ni un minuto aquí. Ya que no es así, debo limpiar esto. Puedo tolerar hombres y perros por obligación, pero no debo ni quiero tolerar el desorden y la suciedad. ¡Váyase a la sala!
Y se fue. Mientras cerraba la puerta, le oí decir con mal tono: «¡Qué mujer inaguantable!».