Historias de Avonlea
Historias de Avonlea Alexander Abraham gruñó otra vez. Las perspectivas no parecieron alegrarlo todo cuanto yo esperaba. Entonces hizo algo sorprendente: volcó un poco de crema en un plato y se lo ofreció a William Adolphus. El gato la tomó, sin sacar los ojos de Alexander Abraham, no fuera que cambiase de parecer. Para no dejarme ganar, alcancé un hueso a Mr. Riley.
Ni Alexander Abraham ni yo nos habíamos preocupado mucho por la viruela. No creíamos que él estuviese contagiado, ya que ni siquiera había visto a la muchacha enferma. Pero a la mañana siguiente, lo vi llamarme desde el rellano de la escalera.
—Señorita MacPherson —dijo con voz tan suave que me dio que pensar—. ¿Cuáles son los síntomas de la viruela?
—Escalofríos, dolores en los miembros y en la espalda, náuseas y vómitos —respondí rápidamente, pues los había estado leyendo en un almanaque.
—Pues los tengo todos —dijo con voz hueca.
No sentí tanto miedo como debí esperar. Después de lidiar con un «odiamujeres», un perro y el desorden de la casa, y habiéndolos vencido a todos, la viruela me parecía bastante insignificante. Fui hasta la ventana y pedí a Thomas Wright que llamase al médico.
El doctor bajó con aspecto grave de la habitación de Alexander Abraham.