Historias de Avonlea

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—Todavía no me puedo pronunciar sobre la enfermedad —dijo—. No hay certeza hasta que aparece la erupción. Pero, desde luego, todo parece indicar viruela. Es una lástima. Temo que será difícil obtener una enfermera. Todas las del pueblo que podrían hacerse cargo de una viruela están sobrecargadas de trabajo, pues la epidemia todavía dura allí. Sin embargo, veré que puedo hacer esta noche. Mientras tanto, ya que el señor Bennett no requiere atención por el momento, no debe usted andar cerca de él, Peter.

Ningún hombre iba a darme órdenes, de modo que cuando se marchó el doctor, fui a la habitación de Alexander Abraham con algo de comer. Había una crema de limón que pensé que comería aunque tuviese viruela.

—No debió acercarse —gruñó—. Está arriesgando la vida.

—No voy a ver morirse de hambre a un semejante, aunque sea un hombre.

—Lo peor de todo —se quejó entre dos cucharadas de crema—, es que el doctor dice que debo tener una enfermera. Me he acostumbrado tanto a tenerla a usted en la casa, que no me incomoda ya, pero es demasiado para mí el solo pensar que vendrá otra mujer. ¿Le dio algo de comer a mi pobre perro?

—Ha cenado mejor que muchos cristianos.


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