Historias de Avonlea
Historias de Avonlea Alexander Abraham no debió haberse preocupado por la venida de otra mujer. El médico regresó pensativo esa noche.
—No sé qué hacer; no encuentro un alma que pueda venir.
—Yo lo cuidaré —dije con dignidad—. Es mi deber y nunca lo esquivo. Me destaco por ello. Es un hombre y tiene viruela, y además tiene un vil perro, pero no lo voy a dejar morir por falta de cuidados a pesar de todo eso.
—Es usted un ángel, Peter —dijo el médico, aliviado, como todos los hombres tan pronto encuentran una mujer que se hace cargo de la responsabilidad.
Cuidé a Alexander Abraham durante toda la viruela, y él pareció no preocuparse mucho. Enfermo era mucho más amable que sano, y además, la enfermedad lo atacó en forma muy suave. Reiné suprema en el piso de abajo, y Mr. Riley y William Adolphus estaban juntos como el león y la oveja. Alimenté al perro con regularidad, y una vez, viéndolo solitario, le di unas palmaditas. Aquello fue mejor de lo que pensara. El perro alzó la cabeza y me miró con tal expresión, que ya no me extrañó que su amo lo quisiera tanto.