Historias de Avonlea
Historias de Avonlea Cuando Alexander Abraham pudo sentarse, trató de recuperar el tiempo que habÃa perdido al ser gentil. No puedo imaginar nada más sarcástico que un hombre convaleciente. Yo sólo me reÃa, ya que habÃa descubierto que eso lo irritaba. Para enojarlo más aún, limpié otra vez toda la casa. Pero lo que lo vejaba más era ver a Mr. Riley seguirme por todos lados, moviendo la cola.
—No fue bastante que viniese usted a mi tranquila casa a revolverlo todo, sino que hasta tuvo que robarme el cariño de mi perro —se quejaba.
—Ya volverá a quererlo cuando yo regrese a mi casa —lo consolé—. Los perros no son muy particulares en eso. Lo que quieren son huesos. Los gatos sà que quieren desinteresadamente. William Adolphus nunca ha abjurado de su afecto por mÃ, aunque usted le haya dado crema en la despensa.
Alexander Abraham pareció un tonto. Nunca pensó que yo lo supiera.
No me contagié, de modo que una semana después vino el médico y envió al policÃa de vuelta al pueblo. Me desinfectaron, fumigaron a William Adolphus y pudimos irnos.