Historias de Avonlea
Historias de Avonlea —Adiós, señor Bennett —dije, ofreciendo un apretón de manos con espÃritu de perdón—, no me queda duda de que está usted contento de verse libre de mÃ, pero yo lo estoy más de irme. Supongo que la casa estará dentro de un mes más sucia que nunca y que Mr. Riley se habrá librado de las buenas maneras que tiene. La reforma no es nunca muy profunda ni en los hombres ni en los perros.
Con esto salà de la casa, suponiendo que nunca volverÃa a tener noticias de ella ni de Alexander Abraham.
Estuve contenta de regresar a casa, pero aquello parecÃa raro y solo. Los gatos apenas me reconocieron y William Adolphus vagaba con aire de exiliado. Yo ya no hallaba tanto placer en cocinar, pues me parecÃa un poco tonto preocuparme tanto por mà misma. La vista de un hueso me hacÃa pensar en el pobre Mr. Riley. Los vecinos me esquivaban sutilmente, pues temÃan que tuviera viruela en cualquier momento. Mi clase en la Escuela Dominical estaba en manos de otra persona y yo me sentÃa fuera de lugar.
Llevaba yo una semana de esta vida, cuando apareció de pronto Alexander Abraham. Entró un atardecer y yo no lo reconocÃ, tan arreglado y afeitado estaba. Pero William Adolphus, sÃ. Parece increÃble, pero el gato, mi gato, se restregó contra su pierna, con un claro ronroneo de satisfacción.