Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside —Susan, todavía recuerdo esa noche en que lloró tanto, tenía sólo unos meses. Gilbert no me dejaba ir con él, decía que el niño estaba limpio y abrigado y que si lo atendía, iba a malcriarlo. Pero yo fui, y lo levanté, todavía puedo sentir esos tibios brazos alrededor del cuello. Ay, Susan, si esa noche hace veintiún años, yo no hubiese ido a consolarlo, no podría enfrentarme con lo que me espera mañana por la mañana.
—No sé cómo vamos a hacer mañana, mi querida señora. Pero no me diga que va a ser la despedida final. Él va a venir a vernos antes de salir para Europa, ¿no es cierto?
—Eso espero, pero no estoy muy segura. Me estoy haciendo a la idea de que no, para no desmoralizarme si no viene. Susan, tengo el firme propósito de despedir a mi muchacho con una sonrisa mañana. No quiero que se vaya con la imagen de una madre débil que no tiene valor para dejarlo ir, cuando él lo tiene para irse. Espero que ninguno de nosotros llore.