Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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—Le aseguro que yo no voy a llorar, querida señora, quédese tranquila; ahora, que pueda lograr una sonrisa o dos, eso está en manos de la Providencia y de lo que disponga la boca de mi estómago. ¿Tiene lugar ahí para esta torta de frutas? ¿Y para la de manteca? ¿Y para el pan dulce? Ese bendito muchacho no debe pasar hambre. No sabemos cómo es ese lugar, Quebec. Parece que todo está cambiando al mismo tiempo, ¿no es cierto? Hasta murió el viejo gato del pastor. Y no sería yo quien lo lamentara, querida señora, si le pasara lo mismo a esa bestia Hyde. Desde que Jem está de uniforme ha sido el señor Hyde todo el tiempo y eso tiene un significado, estoy segura. No sé qué hará Lunes cuando Jem no esté. La pobre criatura anda por todos lados con una mirada tan humana que me desarma cada vez que lo miro.

—Ellen West se reía del Káiser y pensábamos que estaba loca, pero ahora…

Joe Vickers afirmó:

—La guerra se acaba antes de Navidad.

—¿Por qué no dejamos que las naciones europeas se peleen entre ellas? —fue la pregunta de Abner Reese.

El pastor metodista declaraba:

—Está comprometido el Imperio Británico.

—No se puede negar que hay un cierto «no sé qué» en los uniformes —suspiró Irene Howard.

Un desconocido del hotel costero acotó:


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