Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy, a sus espaldas, hizo algo que afortunadamente no pudieron ver. Le sonrió alegremente mientras agitaba la mano. ¿Por qué no? Siempre le había gustado aquel viejo pecador. Era tan divertidamente depravado, tan pintoresco y desvergonzado, que resaltaba entre la monótona respetabilidad de Deerwood y sus buenas costumbres, como abanderado de la rebeldía y la protesta. Apenas un par de noches antes de aquel encuentro, Abel había recorrido Deerwood lanzando juramentos a diestro y siniestro con aquella voz estridente que podía escucharse en varios kilómetros a la redonda. A continuación, había azotado a su caballo a un endiablado galope en el momento en que atravesaba a toda velocidad Elm Street, tan digna y estirada.
—Gritaba y blasfemaba como un demonio —dijo espantada la prima Stickles durante el desayuno.
—No puedo comprender cómo el juicio de Dios aún no ha caído sobre ese hombre —respondió la señora Frederick con petulancia, como si pensara que la Providencia era demasiado lenta y creyera conveniente un suave recordatorio para el cumplimiento de sus deberes.
—Algún día le encontrarán muerto; acabará bajo los cascos de su caballo y le coceará hasta la muerte —dijo la prima Stickles de un modo reconfortante.