Valancy Stirling

Valancy Stirling

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Valancy no pronunció palabra, por supuesto, pero se preguntó si los periódicos excesos de Abel el Aullador no serían su particular modo de protestar contra la pobreza, el arduo trabajo y la monotonía de su existencia. Ella soñaba con su Castillo Azul. Pero Abel el Aullador carecía de imaginación y, no pudiendo imaginar tal cosa, escapaba de la realidad con aquellos gestos concretos. De modo que ella le saludó con la mano aquella tarde con un repentino sentimiento de fraternidad y Abel el Aullador, no lo bastante ebrio como para no sorprenderse, estuvo a punto de caerse de la silla.

Para entonces habían llegado a Maple Avenue y a la residencia del tío Herbert, una inmensa y pretenciosa edificación salpicada de ventanales inútiles y protuberantes porches. Una casa que siempre había tenido la apariencia de un próspero hombre estúpido, vanidoso y con verrugas en la cara.

—Una casa como esta —dijo Valancy solemnemente— es una blasfemia.

La señora Frederick se estremeció en lo más profundo de su alma. ¿Qué había dicho Valancy? ¿Era una profanación? ¿O simplemente una extravagancia? Con las manos temblorosas, la señora Frederick se quitó el sombrero en la habitación de invitados de la tía Alberta, e hizo un nuevo y tímido intento por evitar el desastre. Retuvo en el rellano a Valancy mientras la prima Stickles descendía la escalera.


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