Valancy Stirling
Valancy Stirling —¿Es ese un órgano vital? —preguntó Valancy.
—¿Qué quieres decir? —respondió desconcertada la tÃa Alberta, y la señora Frederick casi se vio obligada a creer que habÃa servido a Dios innecesariamente todos aquellos años.
La tÃa Isabel concluyó que dependÃa de ella el silenciar a Valancy.
—Doss, estás terriblemente delgada —dijo—. Eres toda tú un saco de huesos. ¿Has intentado engordar un poco alguna vez?
—No —Valancy no se batÃa en retirada—. Pero puedo decirle dónde puede encontrar un salón de belleza en Port Lawrence, si lo desea. Asà podrÃa reducir el número de sus dobles barbillas.
—¡Va-lan-cy!
El grito de protesta fue lanzado por la señora Frederick. PretendÃa que su tono fuera tan majestuoso y señorial como de costumbre, pero sonó más como un gemido suplicante. Y no habÃa dicho «Doss».
—Está febril —dijo la prima Stickles al tÃo Benjamin, en un susurro agonizante—. Tiene aspecto febril desde hace dÃas.
—En mi opinión se ha vuelto completamente chiflada —gruñó el tÃo Benjamin—. Y si no lo estuviera, deberÃa recibir una azotaina. SÃ, un buen azote.