Valancy Stirling
Valancy Stirling El viejo Abel Gay, pese a sus setenta años, aún resultaba apuesto de una manera majestuosa y patriarcal. Su enorme barba —que caía sobre su camisa de franela azul— aún conservaba su llameante rojo encendido a pesar de su cabello blanco como la nieve, y en sus ojos brillaba aún el azul ardiente de la juventud. Sus enormes cejas, de un color blanco rojizo, recordaban más a un bigote que a unas cejas; quizá por ese motivo mantenía su labio superior escrupulosamente afeitado. Tenía las mejillas rojas y la nariz también debería estarlo, pero no era el caso. Su nariz era fina, recta y aguileña, como la que hubiera querido tener el romano más noble. Abel medía casi un metro noventa, era ancho de espaldas y muy delgado. En su juventud había sido un célebre seductor que encontraba a todas las mujeres demasiado encantadoras para comprometerse con una sola. Su vida había sido un panorama colorido y salvaje de locas aventuras, galanterías, venturas y desventuras. Se había casado a los cuarenta y cinco años con una bonita joven que murió después de soportar sus tejemanejes durante algunos años. Abel estaba religiosamente ebrio en su funeral e insistió en repetir el quincuagésimo quinto capítulo de Isaías —Abel se sabía casi toda la Biblia y todos los salmos de memoria— mientras el pastor, a quien no le agradaba en absoluto, oraba o trataba de orar. A partir de entonces una vieja y desaliñada prima suya fue quien se ocupó de las comidas y de mantener la casa ordenada. En ese entorno tan poco prometedor había crecido Cecily Gay.