Valancy Stirling
Valancy Stirling La congregación era siempre pequeña. Los metodistas libres eran pocos, pobres y generalmente analfabetos. Pero a Valancy le encantaban aquellas tardes dominicales. Por primera vez en su vida le gustaba ir a la iglesia. Corrió el rumor en Deerwood de que la joven se había convertido en metodista libre; rumor que provocó que la señora Frederick pasara un día en cama. Pero Valancy no se había convertido en absoluto. Frecuentaba esta iglesia porque le agradaba y por algún inexplicable motivo la hacía sentirse bien. El viejo señor Towers creía firmemente en todo aquello que predicaba, y de algún modo tal cosa suponía una gran diferencia para Valancy.
Por extraño que pueda parecer, Abel el Aullador desaprobó su asistencia a la iglesia de la colina tan enérgicamente como hubiera podido hacerlo la señora Frederick. Él no tenía «nada que ver con los metodistas libres. Él era presbiteriano». Pero Valancy continuó acudiendo, a pesar de sus protestas.
—Pronto oiremos decir algo peor de ella, incluso —predijo el tío Benjamin con pesimismo.
Y así fue, ciertamente.