Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy —pálida, con aspecto melancólico, los ojos rasgados teñidos de púrpura, luciendo un vestido de un apagado color marrón, moviéndose discretamente, acomodando a la gente en sus asientos, consultando en voz baja con el pastor y el enterrador, reuniendo a los dolientes en el salón—, se mostró tan decorosa y formal, al más puro estilo Stirling, que su familia recobró la esperanza. Esta no era —no podía ser— la muchacha que había permanecido en el bosque, durante toda una noche, sentada junto a Barney Snaith… que se había paseado en coche por todo Deerwood y Port Lawrence sin un sombrero que cubriese su cabeza. Esta era la Valancy que ellos conocían; sorprendentemente eficiente y capacitada. Quizás siempre la habían reprimido demasiado —Amelia era bastante estricta, a decir verdad—, y jamás había tenido la oportunidad de demostrar su auténtica valía. Así pensaban los Stirling. Y Edward Beck —quien vivía en la carretera que llevaba a Port Lawrence—, un viudo a cargo de una familia numerosa que comenzaba a prestar atención a las mujeres de nuevo, se fijó en Valancy y pensó que podría convertirse en una segunda esposa de lo más apropiada. No era una belleza… pero siendo como era un viudo de cincuenta años, el señor Beck se dijo a sí mismo —muy razonablemente— que no podía aspirar a tenerlo todo. En conjunto, parecía que las expectativas matrimoniales de Valancy jamás habían sido tan prometedoras como lo fueron en el funeral de Cecily Gay.