Valancy Stirling
Valancy Stirling —¿Por qué esperamos que se comporte con decencia? —inquirió el tÃo James sarcásticamente—. Se ha apartado de esa virtud para siempre. Ella se lo ha buscado. Dejad que se las arregle como pueda.
—Gracias —dijo Valancy muy agradecida—. ¡Cómo habrÃan disfrutado ustedes siendo Torquemada! Bien, tengo que regresar. Madre, ¿puedo llevarme esos tres cojines que tejà el pasado invierno?
—Cógelos… ¡llévatelo todo! —exclamó la señora Frederick.
—Oh, no quiero todo… ni mucho. No deseo abarrotar mi Castillo Azul. Solo quiero los cojines. Pasaré a recogerlos algún dÃa cuando vayamos en el coche.
Valancy se levantó y se acercó a la puerta. Entonces se giró. Se compadecÃa más que nunca de todos ellos. No poseÃan un Castillo Azul en las soledades purpúreas de Mistawis.
—Su problema es que no rÃen lo suficiente —dijo.
—Querida Doss —repuso la prima Georgiana con tristeza—, algún dÃa descubrirás que la sangre es más espesa que el agua.
—Por supuesto que sÃ. ¿Pero quién quiere que el agua sea espesa? —se defendió Valancy—. Queremos que el agua sea clara… chispeante… cristalina.
La prima Stickles gimió.