Valancy Stirling
Valancy Stirling —Ya lo veo —la voz de la señora Frederick sonó gélida. Se habÃa resignado ante la deserción de Valancy. Casi habÃa conseguido olvidar que existÃa una Valancy. HabÃa reorganizado y estructurado su sistemática vida sin hacer mención alguna a esa criatura desagradecida y rebelde. HabÃa retomado nuevamente su lugar en una sociedad que omitÃa el hecho de que alguna vez hubiese tenido una hija y que la compadecÃa, si es que acaso lo hacÃa, en discretos susurros y apartes. La pura verdad era que, para entonces, la señora Frederick no querÃa que Valancy volviese a casa… no querÃa volver a verla ni escuchar hablar sobre ella nunca más.
Y ahora, evidentemente, Valancy estaba ahÃ. Con la tragedia, el escándalo y la deshonra siguiendo su rastro de modo visible.
—Ya lo veo —repitió la señora Frederick—. ¿Puedo preguntar por qué?
—Porque… no… voy… a morir —contestó Valancy con voz ronca.
—¡Cielo santo! —exclamó el tÃo Benjamin—. ¿Y quién te habÃa dicho que ibas a morir?
—Supongo —dijo la prima Stickles de muy mal humor; la prima Stickles tampoco anhelaba el regreso de Valancy—, supongo que has averiguado que tiene otra esposa, tal y como nosotros hemos asegurado desde el principio.