Valancy Stirling
Valancy Stirling Los coches eran todavía una novedad en Deerwood, aunque eran algo habitual en Port Lawrence, y la mayor parte de los turistas, allá en Muskoka, disponían de uno. En Deerwood solo algunos miembros de la alta sociedad lo poseían; porque también en Deerwood las personas se clasificaban en categorías. Entre ellas, la gente elegante, los intelectuales, las rancias familias —a la cual pertenecían los Stirling—, la gente común y algunos parias. Ni uno solo de los miembros del clan Stirling había condescendido a comprarse un coche, a pesar de que Olive había hostigado a su padre para que adquiriese uno. Valancy nunca se había subido a un automóvil, pero tampoco anhelaba tal cosa. Lo cierto es que más bien le asustaban, especialmente por la noche. Se asemejaban demasiado a enormes bestias ronroneantes que podían volcar y aplastarle a uno… o hacer alguna salvaje y terrible cabriola. Por los escarpados senderos que circundaban su Castillo Azul, solo los alegres corceles —enjaezados con orgullo— tenían derecho a pasearse; pero en la vida real, Valancy se habría sentido muy feliz de conducir una calesa detrás de un buen caballo. No obstante, ella solo tenía la oportunidad de pasear en calesa cuando alguno de sus tíos o sus primos recordaban «ofrecerle esa oportunidad», como cuando se le da un hueso a un perro.