Valancy Stirling
Valancy Stirling A las nueve y media —o asÃ, como dirÃa el señor Pepys[14]— todo el mundo se acostó. Pero antes habÃa que ocuparse de la neuralgia de la prima Stickles y frotarle la espalda con el linimento Redfern. Era a Valancy a quien correspondÃa esta tarea. Valancy se veÃa siempre obligada a hacerlo. Detestaba el olor del linimento Redfern, detestaba el rostro engreÃdo, risueño, fornido, enmarcado por grandes patillas y emperifollado con sus gafas, del doctor Redfern impreso sobre la botella. Sus dedos conservaban el olor de aquel horrible linimento después de deslizarse bajo las sábanas, a pesar de haberse lavado con esmero para deshacerse de él.
El dÃa del destino de Valancy habÃa llegado y se habÃa ido, y la joven concluyó la jornada tal como la habÃa comenzado, entre lágrimas.