Valancy Stirling
Valancy Stirling La carta del doctor Trent estaba escrita a su imagen y semejanza: abrupta, directa, y concisa, sin desperdiciar palabra. El doctor Trent nunca se andaba por las ramas.
«Querida señorita Stirling», seguía una página entera de caligrafía negra y concluyente. Valancy pareció leer a primera vista; dejó caer la carta sobre su regazo, y su rostro palideció.
El doctor Trent le refería que padecía una forma muy peligrosa y fatal de enfermedad cardíaca —una angina de pecho—, evidentemente complicada con un aneurisma —¿qué podía ser eso?— en su estadio terminal. Decía, sin contemplación alguna, que no se podía hacer nada por ella. Si se cuidaba con celo, tal vez podría vivir un año —aunque también podía morir en cualquier momento—. El doctor Trent no era hombre de eufemismos. Valancy debía evitar cualquier excitación o esfuerzo muscular importante. Debía comer y beber con moderación, no correr jamás, y subir escaleras y pendientes con precaución. Cualquier súbita impresión o sobresalto podría resultar fatal. Debía procurarse los medicamentos con la receta que le adjuntaba, llevarlos siempre con ella, y tomar un comprimido si le sobrevenía un ataque. Su humilde servidor, H. B. Trent.