Valancy Stirling

Valancy Stirling

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También recordó el asunto de la cadena de botones, cuando contaba diez años. Todas las niñas en la escuela tenían cadenas de botones. Olive tenía una cadena muy larga con una gran cantidad de botones hermosos. Valancy tenía una también, y aunque la mayoría de los botones de su cadena eran muy vulgares, tenía seis piezas que eran verdaderas joyas. Eran los botones del vestido de boda de la abuela Stirling —brillantes botones de oro y cristal—, mucho más hermosos que cualquiera de los que Olive poseía. Su propiedad le confería a Valancy cierta distinción, y ella sabía que todas las niñas de la escuela la envidiaban por la posesión exclusiva de aquellos hermosos botones. Cuando Olive los vio en la cadena de botones —que había examinado estrechamente—, no dijo nada; al menos no en ese momento. Pero al día siguiente la tía Wellington se presentó en Elm Street y le dijo a la señora Frederick que pensaba que Olive tenía derecho a alguno de aquellos botones —la abuela Stirling era tanto la madre de la tía Wellington como de la señora Frederick—. La señora Frederick había accedido amistosamente. No podía permitirse el lujo de enemistarse con la tía Wellington; y además, el asunto no tenía tanta importancia. La tía Wellington se llevó cuatro botones, dejando dos, en su generosidad, para Valancy. La joven los había arrancado de su cadena arrojándolos al suelo —no había aprendido aún que era impropio de una dama tener sentimientos—, y había sido enviada a la cama sin cenar por su forma de proceder.


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