Anne y su pequeño mundo

Anne y su pequeño mundo

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Cuando la vieja Lloyd llegó a la estación se encontró, para su desgracia, con que el tren había partido ya y que tenía que aguardar allí dos horas para tomar el del anochecer. Se dirigió a la sala de espera y tomó asiento. Se encontraba muy cansada. Toda la excitación que la había mantenido desapareció y se sentía débil y vieja. No tenía nada que comer pues había creído que volvería a su casa para la hora del té. La sala de espera era fría y la anciana temblaba envuelta en su delgado mantón amarillo de seda. Le dolía la cabeza y el corazón también. Había hecho suyo el deseo de Sylvia, pero la joven se iría de su vida y la vieja Lloyd no sabía cómo iba a continuar viviendo sin ella. Allí estuvo sentada las dos horas. Era una figura erguida y altanera que luchaba silenciosamente contra sus dolores físicos y morales mientras el resto de la gente iba y venía, reía feliz o conversaba junto a ella.

A las veinte la anciana descendió del tren en la estación de Bright River y se lanzó como inconsciente, hacia la oscuridad de la noche lluviosa. Tenía que caminar dos millas y llovía copiosamente. Pronto estuvo empapada y helada hasta la médula de los huesos; le parecía que andaba en medio de una pesadilla. Sólo su instinto la guió la última milla cuesta arriba. Al abrir la puerta de su casa se dio cuenta de que todo el frío se había convertido en un calor abrasador. Tropezó en el umbral y cerró la puerta.


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