Anne y su pequeño mundo
Anne y su pequeño mundo Una mañana, dos días después del viaje de la vieja Lloyd a la ciudad, Sylvia Gray iba bajando alegremente la boscosa cuesta. Era una hermosa mañana otoñal, clara, fresca y soleada; los helados abetos, empapados y golpeados por la lluvia del día anterior, despedían una deliciosa fragancia. El aire era puro y estimulante. Sylvia caminaba como si tuviera alas en los pies.
Al llegar al haya de la hondonada se detuvo un momento, pero no había nada para ella entre las grises raíces. Se volvía para emprender el regreso, cuando Teddy Kimball, que vivía al lado de la rectoría, llegó corriendo cuesta abajo desde la casa de los Lloyd. El pecoso rostro de Teddy estaba pálido.
—Señorita Gray-dijo entrecortadamente—. Creo que la vieja Lloyd se ha vuelto loca del todo. La esposa del ministro me pidió que le llevara un mensaje sobre el Círculo de Costura y yo golpeé y golpeé y nadie salió y yo pensé entrar y poner la nota sobre la mesa. Cuando abrí la puerta escuche una risa muy rara en el comedor, y la vieja Lloyd apareció en la puerta. ¡Oh, señorita Gray, estaba horrible, con la cara toda colorada y los ojos brillantes, y todo el tiempo hablaba sola y se reía como loca! Me asusté tanto que di media vuelta y salí corriendo.