Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —Y me alegro, porque a ti te gusta. Sólo que… el conocimiento que desearÃa para ti no se aprende en los institutos ni se mide por exámenes finales. Cualquier cosa de valor que obtengas en cualquier escuela será lo que averigües sola. No permitas que te conviertan en una persona distinta de ti misma, eso es todo. No creo que puedan, por otra parte.
—No, no lo harán —afirmó Emily, decidida—. Yo soy como el gato de Kipling, camino por mi senda salvaje y muevo mi cola salvaje cuando me da la gana. Por eso los Murray me miran asombrados. Piensan que tengo que seguir con el rebaño. Ay, Dean, me escribirás a menudo, ¿verdad? Nadie me comprende como tú. Y te has convertido tanto en una costumbre para mà que no puedo vivir sin ti.
Emily lo dijo, y lo pensaba, con ligereza, pero las mejillas de Dean se tiñeron de un rojo subido. No se dijeron adiós: era un viejo pacto. Dean la saludó con la mano.
—Que todos los dÃas te sean propicios —dijo.
Emily le dirigió su sonrisa lenta y misteriosa y él se fue. El jardÃn quedó muy solitario a la débil luz azul del crepúsculo, con los capullos espectrales de las camelias blancas aquà y allá. Se alegró cuando oyó el silbido de Teddy en el bosque de John el Altivo.