Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Emily no entendÃa por qué. A ella le gustaba escribir historias de amor, y eran historias terriblemente sentimentales y trágicas.
—Shakespeare podÃa —dijo, desafiante.
—Te falta mucho para entrar en la categorÃa de Shakespeare —espetó el señor Carpenter, secamente.
Emily se ruborizó.
—Yo sé que sÃ. Pero usted dijo nadie.
—Y lo mantengo. Shakespeare es la excepción que confirma la regla. Aunque dejo a un lado su sentido del humor cuando escribió Romeo y Julieta. Pero volvamos a Emily la de la Luna Nueva. Esta historia, bueno, un joven podrÃa leerla sin quedar contaminado.
Emily supo, por la inflexión de la voz del señor Carpenter, que no estaba alabando su cuento. Mantuvo silencio y el señor Carpenter continuó, hojeando con irreverencia sus preciosos manuscritos.
—Éste parece una débil imitación de Kipling. ¿Lo has leÃdo últimamente?
—SÃ.
—Me lo imagine. No trates de imitar a Kipling. Si tienes que imitar a alguien, imita a Laura Jean Libbey. En éste no hay nada bueno, aparte del tÃtulo. Un cuento muy pedante. Y Tesoros ocultos no es un cuento, es una máquina. Cruje. Ni por un instante me permitió olvidar que era un cuento. Ergo: no es un cuento.