Emily lejos de casa
Emily lejos de casa A Emily el día siguiente no le pareció real: el pájaro que oyó cantando de forma tan arrobadora en el bosque de John el Altivo cuando despertó, la ida a Shrewsbury en aquella mañana fresca de septiembre, la fría bienvenida de la tía Ruth, las horas en la escuela desconocida, la organización de las clases de los de «preparatorio», volver a casa a comer… sin duda tenía que haber pasado más que un sólo día.
La casa de la tía Ruth quedaba al final de una calle residencial, casi en las afueras del pueblo. A Emily le pareció una casa espantosa, cubierta, como estaba, de adornos de diverso tipo. Pero una casa con acabados artesanales de madera en el techo y ventanas salientes era el último grito de la elegancia en Shrewsbury. No había jardín, sólo un pedacito de parque desnudo y muy ordenado, pero sí algo en lo que los ojos de Emily se regodearon. Detrás de la casa había una gran plantación de abetos blancos, altos y esbeltos, los abetos más altos, derechos y esbeltos que ella había visto en su vida, que se extendían en largas perspectivas verdes y delicadas.