Emily lejos de casa

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Pero la tía Elizabeth frunció el entrecejo y me dijo que no fuera irreverente, lo que dice siempre que yo digo algo sobre Dios. Me pregunto por qué. Tampoco quiere que Perry y yo hablemos de Él, aunque Perry está muy interesado en Él y quiere saber. La tía Elizabeth me oyó decirle a Perry un domingo por la tarde cómo pensaba yo que era Dios y me dijo que era un escándalo.

¡Pero no lo era! El problema es que la tía Elizabeth y yo tenemos dioses diferentes, eso es todo. Creo que todos tenemos dioses diferentes. El de la tía Ruth, por ejemplo, es uno que castiga a sus enemigos, que les envía «juicios». A mí me parece que eso es para todo lo que le sirve Dios a la tía Ruth. Jim Cosgrain utiliza al suyo para maldecir. Pero la tía Janey Milburn camina a la luz del rostro de su Dios, todos los días, y resplandece en ella.

Esta noche he escrito hasta el agotamiento y me voy a la cama. Sé que he «desperdiciado palabras» en este diario, otro de mis defectos literarios, según el señor Carpenter. «Desperdicias palabras, muchacha, las desparramas con demasiada generosidad. Economía y contención, eso es lo que te hace falta».

Claro que tiene razón, y en mis ensayos e historias trato de poner en práctica lo que me enseña. Pero en el diario, que no ve nadie más que yo, ni verá nadie mientras yo viva, me gusta dejarme ir.


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