Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Cuando salimos para regresar a casa, una espesa niebla blanca se habÃa levantado por encima del banco de arena y habÃa cubierto el puerto. Pero Teddy remó en dirección a los silbatos del tren, de manera que no tuvimos ningún problema y a mà la experiencia me pareció fascinante. ParecÃa que flotábamos encima de un mar blanco en una calma absoluta. No habÃa el menor sonido, salvo el débil gemido del dique; la llamada lejana de las profundidades del mar, y el ruido sordo de los remos al hundirse en el agua. Estábamos solos en un mundo de neblina en un mar velado y sin costas. Por un momento, pero sólo por una fracción de segundo, una corriente de aire frÃo levantaba el telón de neblina y las costas borrosas se erguÃan fantasmagóricas a nuestro alrededor. Pero entonces la blancura espesa volvÃa a cerrarse. Era como si buscáramos una playa extraña, encantada, que se alejaba más y más. Me sabÃa mal llegar al muelle, pero cuando regresé a casa encontré a la tÃa Ruth muy preocupada por la niebla.
«SabÃa que no tendrÃa que haberte dejado ir», dijo.
«Pero no hubo ningún peligro, tÃa Ruth —protesté—. Mira qué anémonas tan bonitas».
Pero la tÃa Ruth no quiso ni mirar las anémonas.