Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Encendió la vela, se puso las medias y un abrigo, sacó otro cuaderno medio lleno y comenzó a escribir a la luz solitaria y mortecina de la vela, que arrojaba un pálido oasis de luz en las sombras de la habitación. En aquel oasis escribía Emily, con la cabeza oscura inclinada sobre el cuaderno, a medida que las horas de la noche avanzaban y los otros ocupantes de la Luna Nueva dormían profundamente. Se enfrió y sus miembros se pusieron rígidos, pero no tenía conciencia de esto. Le picaban los ojos, le ardían las mejillas, las palabras venían como tropas de genios obedientes al llamado de su pluma. Cuando, al fin, la vela se apagó con un chisporroteo y un bisbiseo en su lago de sebo derretido, Emily volvió a la realidad con un suspiro y un estremecimiento. En el reloj ya habían dado las dos de la madrugada, y Emily estaba muy cansada y helada, pero había terminado su historia y era la mejor que había escrito en su vida. Se metió en su nido congelado con una sensación de realización y victoria nacida de la expresión de su impulso creativo, y se quedó dormida con el arrullo de la tormenta que amainaba.